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Descargando la rabia

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Descargando la rabia

Mensaje por Shika el Miér Jul 25, 2012 12:36 am

Datos del entrenamiento:
Habilidad:
Maestro en Ninjutsu
Descripción: los ninjas a veces se especializan en un tipo de jutsus y normalmente acaban siendo mas poderosos al usarlos.
Requisitos: Chuunin nivel 10 al menos.
Mejoras:
+5 a Ninjutsu
Aprendizaje: 4750 palabras.

Palabras requeridas: 4275
Palabras escritas: 4303

El tiempo pasaba despacio durante mi eterna espera. Yo me limitaba a observar el amanecer sentada en el césped mientras Yami correteaba a mi alrededor. Aquel día tenía la simple intención de entrenar, como en tantas otras jornadas. Había ido al edificio del Tsuchikage un rato antes del amanecer, pero me había encontrado co todas las salas ocupadas o reservadas. Ante esa situación, no me quedó más remedio que pedir un aviso para cuando quedara libre alguna sala y regresar a casa, cargada de paciencia para esperar. Sabía perfectamente que cada entrenamiento requería un tiempo, que había algunos cortos, de un rato y otros tremendamente duraderos, que podían durar incluso hasta el anochecer. Y, con la idea de la espera en la cabeza, me había sentado sobre el césped de mi jardín a esperar la llegada de algún shinobi, encargado de avisarme.

Las vistas eran preciosas, el sol salía entre las montañas ante mi atenta mirada, que no perdía ni un detalle de todo aquello. Me encantaba contemplar el amanecer y el atardecer, sobre todo poder ver cómo el sol se escondía entre las montañas para dejarse ver al día siguiente. Era una pena que cada mañana me fuera con tanta prisa a entrenar, sin poder ver con calma el inicio de la jornada. Últimamente la villa se llenaba de nuevos gennins, que hacían que las salas de entrenamiento fueran cada vez más solicitadas, obligándonos a todos a tener que madrugar más para poder conseguir una sala libre. Sin embargo, aquél día, como de primeras había encontrado todas las salas ocupadas, pude sentarme en mi jardín a contemplar el precioso amanecer con que el sol nos deleitaba a todos, tanto a los que lo disfrutaban como a los que no.

Un rato después del amanecer, escuché las pisadas de alguien que se acercaba a la casa. Me levanté para acercarme a la puerta del jardín y saludar así al visitante, que bien podía venir a avisarme o bien podía ser cualquier shinobi de a aldea que, por razones que en ese momento no habría entendido, venía a visitarme. De cualquier modo, yo era la única habitanta de la casa en ese momento, lo que me convertía en responsable de atender a los invitados… o inquilinos, según cómo prefieran que se les llame. Sonzu se había ido tiempo atrás posiblemente a conocer mundo, por algún motivo que yo no comprendía, dejándome a cargo de una casa enorme que, cómo no, había que limpiar y atender. Y con la intención de atender me dirigía a la puerta, para poder abrir a quien viniera por el motivo que fuera.

Llegué a la entrada del jardín al mismo tiempo que el extraño visitante, él ni tan siquiera tuvo tiempo de llamar antes de verme, a pocos metros de la puerta. Llevaba en el rostro una expresión que delataba su cansancio, lo que mostraba al mundo que, o bien venía desde lejos o bien había venido corriendo o haciendo algún esfuerzo físico mayor que el simple caminar. Respiraba con agitación al principio, tan concentrado en la tarea de recuperar el aliento. Después se calmó y, con una sonrisa intranquila, se dirigió a mí. Yo le correspondí con una sonrisa amable, lo que contribuyó a que se relajara un poco antes de nada.

- ¿Shika Guren? -preguntó desde un primer momento. Cuando yo asentí, prosiguió-. Tengo una carta para ti.

El hecho de recibir una carta me turbaba, me extrañaba que llegara una carta a mi nombre, por lo que acabé inconscientemente con un gesto de incredulidad en el rostro. Pocas veces llegaban cartas a la casa y menos aún dirigidas a mi persona, pero al menos eso significaba que alguien se había acortado de mí, por extraño que pareciera. Ahora solo quedaba saber quién era esa persona que tanta intriga despertaba en mi interior.

- ¿Sabes de quién es la carta? -la curiosidad me recorría por dentro de un lado a otro de mi cuerpo, no se me ocurrían muchas personas conocids que, por un motivo u otro, quisieran mandarme una carta.

- Sí, la carta es de Sonzu Hyuga.

¡Sonzu! Su nombre, llegado a mis oídos, hacía despertar a cada una de las células de mi ser, que se agitaban en su sitio, eufóricas. Desde el momento en que un joven había venido a decirme que ella partía de la villa, no había sabido nada sobre ella. El hecho de tener por fin noticias suyas hacía llegar a mi alma la euforia, tan extraña para mí en los últimos días. La alegría con que recibí sus palabras asustó al pobre shinobi, que no estaba acostumbrado a tratar conmigo, pero eso poco me importaba. Él me tendía una carta que resultaba bastante importante desde mi perspectiva. La cogí con delicadeza, como si de un tesoro se tratase, y, con el máximo cuidado que pude tener, la abrí, ansiosa por descubrir su contenido. Iba a comenzar a leerla cuando me percaté de algo.

- ¿Por qué sigues aquí? -pregunté sin mucho interés.

- Espero.

Enarqué una ceja al oír la respuesta del shinobi, que bastante calma llevaba. Se me pasó por la mente que estuviera esperando una propina por mi parte, pero era algo que no recibiría, pues yo no tenía la más mínima intención de pagarle por traerme la carta. Suficiente era que no le sometiera a un interrogatorio sobre mi amiga y todo lo que conllevaba.

- ¿Esperas? ¿A qué?

- Una respuesta -contestó, aparentemente tranquilo-. Ya que he traído aquí esa carta, puedo llevarle a tu amiga la respuesta.

No me pareció mala idea la del hombre, pero sí la de esperar ahí parado, como si nada. Pensé que podría dar un paseo por la villa mientras esperaba, así al menos se le haría más amena la espera… y yo tendría intimidad para leer la carta y escribir una respuesta. Con toda la buena intención que pude tener, le ofrecí al hombre que saliera a dar un paseo entre las calles de la villa en su espera. Él asintió y se dio la vuelta para partir en dirección al centro de Iwagakure, que le esperaba con impaciencia. Cuando desapareció entre las casas, me dispuse a leer la carta de mi amiga, por lo que regresé al lugar en que un rato antes había contemplado el amanecer, sentada en el césped. Yami correteaba de nuevo a mi alrededor, consciente de la agitación que tener una carta me producía. Así, sentada en el césped con Yami a mi lado, comencé a leer:

Querida Shika,
Te escribo esto desde Konoha con la esperanza de que Kenko-sama me haya hecho caso y te comentara el por qué de mi partida. Llegué a las puertas de la villa como citación del Tsuchikage y ahí me enteré que debía abandonar Iwagakure durante un tiempo para un entrenamiento especial. Apenas tuve tiempo de nada y lamento no haberme podido despedir de ti, pero espero que estés bien. Aquí todo es muy bonito y te contaré un millón de cosas a mi regreso, además de escribirte periódicamente, ojala me respondas con buenas noticias y te vaya todo bien. Os extraño, pero me estoy tomando esto como un nuevo reto, una aventura, y tengo muchas ganas de aprender. Volveré siendo fuerte y estaréis orgullosos de mí, ya lo verás.
Dale un achuchón a Yami de mi parte, un abrazo a Dártirus y para ti todos los besos que te puedas imaginar.
Con infinito cariño,
Sonzu Hyuga.


Tras leer la carta dirigí la mirada al cielo, con demasiadas emociones desbordando mi ser. Saber que Sonzu estaba bien y que además estaba disfrutando del viaje me hacía tremendamente feliz, pero la alegría no era el único sentimiento que luchaba en mi interior por salir a la luz. La euforia que leer una carta de mi amiga me había producido poco a poco dejó paso a la rabia, provocada por aquel que me había ocultado la verdad. En mi mente se hacía evidente que Kenko había enviado a casa a un joven gennin, encargado de comunicarme que mi amiga había abandonado la villa, pero que no dio ningún detalle sobre la partida de la joven hyuga, a quien tanto había extrañado desde entonces, haciéndome unas ideas erróneas en la mente sobre el motivo por el cual había dejado la villa.

La sonrisa que momentos anes había adornado mi rostro se transformó rápidamente en una mueca de rabia, que fácilmente habría espantado al cartero. Intenté tranquilizarme, pero el simple hecho de que mi kage me hubiera ocultado el motivo por el cual Sonzu partía, así como su destino, causaba una extraña sensación en mi ser. Yami me observaba con la incredulidad asomando a sus ojos, pues poder tener los sentimientos de un humano y expresarlos a través de la mirada era algo que había heredado de mí, de su madre. Era consciente de mi turbación, de la rabia que recorría mi ser en esos instantes, pero no comprendía el motivo. Aún así, yo sabía que, de una forma u otra, él apoyaría la idea que poco a poco se formaba en mi mente. Y es que jamás perdonaría que Kenko me hubiera dado de tal forma el mensaje, haciéndome entender algo que, según el caudal que seguían mis pensamientos, posiblemente se haría realidad, pero gracias a otra persona diferente que él, pensé, jamás se habría imaginado.

En poco tiempo llegaría el cartero, esperando una carta dirigida a Sonzu en que le explicaría mis planes de la mejor forma que podía. En ese momento un remolino de emociones recorría mi ser, haciendo que tomara decisiones precipitadas, llevada en algunas ocasiones por mi instinto. Aquella vez tenía la decisión tomada, saldría de la villa en la que ya no me sentía cómoda, a la que poco más podría ofrecer mientras el odio creciera lentamente en mi interior. Así, concentrándome en poder expresar sin confusiones lo que tenía previsto hacer, comencé a escribir una carta en respuesta a la que había recibido:

Mi gran amiga Sonzu,
Leer tus noticias ha sido para mí como una ducha de agua fría durante los agotadores y calurosos días de verano, reparadora. Has descubierto ante mí una verdad que el Tsuchikage me había negado, pues no sabía ningún motivo de tu partida. Días después de haber salido tú a entrenar, llegó a casa un joven gennin que traía consigo la simple noticia de que habías partido. “Sonzu Hyuga ha salido de la villa”, dijo ante mí. Sus palabras me hicieron pensar que, por un motivo que yo desconocía, tú habías renegado de la villa. Una tristeza enorme me acogió cuando pensé que Kenko saldría en tu busca y captura, pero no hubo nadie que me afirmara lo contrario. No cruzarme con el Tsuchikage agrandba mi preocupación, pero decidí pensar que tus planes habían salido bien, que ya estabas lejos de este lugar.
Sin embargo, hoy llega tu carta, afirmando la realidad. Mis sospechas por fin se esfuman y sé que el motivo de tu partida no te pondrá en busca y captura como yo pensé, al menos por el momento. Ahora he de darte yo la noticia que mi reciente decisión conlleva.
Abandono la villa, saber que el Tsuchikage me ocultó esa simple verdad me hace pensar en la cantidad de mentiras que en este momento el kage estará guardando. Ese sencillo motivo me lleva a querer ser libre, a desear no tener que depender de las verdades que alguien guarde o deje de guardar. Con este fin, lejos de querer preocuparte, recorreré el mundo, descubriré lo que el encierro en la villa me llegó a negar. Disfruta de tu estancia en Konoha, mi preciada Sonzu, yo esperaré con impaciencia el momento en que te vuelva a ver.
Con cariño,
Shika Guren.


Terminada la carta, me asomé a la puerta del jardín, descubriendo así que el shinobi ya volvía. Con cuidado, metí la carta en un sobre que después cerré y decoré con unas bonitas letras que mostraban el nombre de mi amiga. Escribí aquello con toda la delicadeza que pude, cuidando la caligrafía y trabajando en cada letra de aquellas que componían el nombre de mi amiga como si de un tesoro se tratase. Todos en la villa eran conscientes de que tenía a Sonzu en gran estima, pero pocos podrían afirmar que mi aprecio llegaba más allá de los límites que la vida misma impone a cada persona.

Entregué al shinobi la carta que guardaba mis planes con recelo, aún sin saber si debía confiarle el sobre, pero acabé decidiéndome, pues no podría encontrar otra persona que se la llevara tan fácilmente. Después, contemplé cómo partía en dirección a las puertas de la villa, emprendiendo así un largo viaje hasta su destino. Yo me giré y caminé con calma de nuevo hasta el lugar del césped en que momentos antes había permanecido sentada, escribiendo una carta que, con gran eficacia, me había ayudado a decidirme y a tranquilizarme.

Mis planes eran sencillos, impulsados por un motivo sin complicaciones, pero que era capaz de hacerme marchar de la villa. Pensé en Dártirus, pero tomé la práctica decisión de permitir que fuera Sonzu quien le explicara aquello que me llevaba a partir. Iwagakure cambiaba ante mis ojos, pasando a ser una jaula para mí, más que el hogar que había formado ante mi perspectiva en los últimos años. Me levanté y lentamente subí al árbol que tenía a mi lado, recordando todas las veces que mi amiga me había acompañado en esa tarea. Nos había encantado sentarnos juntas en una de las ramas más fuertes que el roble podía ofrecernos a modo de asiento. En ella me senté, pensando en el futuro que me esperaba, lejos de la villa y seguramente lejos también de mi amiga, que aún permanecía en una villa oculta a mi mirada. Mis ojos se humedecieron y yo no me opuse al llanto, pues tal vez lo necesitaba. Mi vida había sido siempre extraña, en la que siempre escapaba de aquellos lugares que tiempo antes me ofrecían un hogar. Recordé el orfanato en que me había criado, a los niños que habían compartido conmigo su infancia y al único que me había ayudado a escapar. Ahora la situación era semejante, mi estancia en Iwagakure palpaba su fin mientras la villa se convertía para mí en una prisión que poco más me ofrecía que cautividad.

Pronto tomé la decisión de ir de vez en cuando al país de la hoja, con la intención de recordar a mi amiga, pues lo único que sabía de Konoha era que estaba allí, pero no exactamente donde. Sin embargo, el simple recuerdo de los días pasados con Sonzu llenaban de paz mi interior, mostrándome que no todas las personas pasaban por la vida sin dejar una huella agradable.

Entre cavilaciones, pude oír los golpes en la puerta del jardín que marcaban la presencia de alguien. No se me ocurría quién podría venir a visitarme en ese momento, pero aún así tenía el deber de ir a abrir la puerta. Me extrañaba recibir tantas visitas en un día, pero me limité a caminar en dirección al visitante sin rechistar. Cuando llegué a la puerta él me miró durante un instante, extrañado por mi aspecto, y después habló:

- Hay una sala de entrenamiento libre en el edificio del Tsuchikage, te la han reservado a ti para que hoy puedas realizar tu entrenamiento.

¡El entrenamiento! Había olvidado por completo los planes iniciales para aquel día, aprender una habilidad en la sala especial de entrenamientos. Agradecí al joven gennin su aviso y, cuando partió, decidí que realizar un entrenamiento me vendría bien para despejar la mente, pues con lo ocurrido mis pensamientos estaban borrosos. Me acerqué al rosal que había traído desde mi antigua casa y palpé sus preciosas rosas, que tanta calma me transmitían. Los pétalos caían empujados por el tacto que mis manos ofrecían, pero solo le guardé aquel destino a una de las rosas, sin ninguna intención de hacer daño a mi preciado rosal. Contemplar las flores me ayudó a encontrar la calma que necesitaba en ese momento, decidiéndome así por completo y sin entristecerme por mi partida.

Observé el cielo y descubrí que poco faltaba para la llegada del atardecer, por lo que entré en la casa y me acerqué a mi habitación. Todo me resultaba ya extraño, pero por una vez dejé a un lado las emociones y, como llevada por la rutina, crucé el umbral de la puerta que me separaba del cuarto de baño. Ahí me lavé la cara, borrando el rastro que el reciente llanto había dejado. No quería entristecerme, debía ser fuerte y afrontar lo que el temprano futuro me deparaba, por lo que, tras lavarme la cara me dirigí al armario y me puse algo cómodo para el entrenamiento. Me acerqué después a la cómoda, de donde cogí un lazo negro con el que me até el cabello en una larga coleta. Una vez lista, bajé a la cocina y comí algo para no ir al entrenamiento con el estómago vacío. Ya tenía todo preparado, lo que me permitió salir de casa sin más retraso.

Con resignación, señalé a Yami que debía quedarse en el jardín, pues su temprano crecimiento le impedía ya entrar por las puertas del edificio del Tsuchikage. Me habría gustado tenerle como compañía, pero esta vez tendría que afrontarme sola a las emociones del momento con un entrenamiento que, esperaba, me despejase la mente lo suficiente. Tal vez pedía demasiado, pero estaba decidida a entrenar, distraerme y hacerme más fuerte. Al día siguiente emprendería mi camino y no quería tener problemas. Sabía que la mía era una campaña peligrosa, una campaña arriesgada, pero no me importaba, tenía decidido irme y no me lo impedirían.

Crucé las calles de la villa con parsimonia, observando cada edificio, cada árbol, cada habitante de la aldea. Vi cruzar corriendo a un grupo de niños que gritaban y jugaban, ajenos a todos los problemas. Una amarga sonrisa apareció en mi rostro mientras recordaba los años que había pasado en el orfanato, disfrutando de la compañía de todos los demás… hasta que la alegría del lugar se terminó ante mis ojos. Ahora algo parecido me ocurría con Iwagakure, todo lo que había disfrutado en la villa quedaría grabado en mis recuerdos, haciendo compañía a la gran cantidad de buenos pensamientos. Caminaba con la cabeza gacha, pensando en todo lo que dejaría atrás con mi decisión, pero sin arrepentirme de haberla tomado. Pasé por delante de un jardín lleno de árboles y, sin pensarlo dos veces, entré.

Pertenecía a una casa abandonada, por lo que nadie podría impedirme la entrada, al igual que nadie podría impedir que saliera de la villa el día siguiente. La rabia que cruzaba mi alma en ese momento me llevaría a deshacerme de cualquiera que intentara interponerse entre mi destino y yo, intentando frenar mi decisión. Me recosté a los pies de un sauce llorón que me ofrecería paz y tranquilidad, lo que en ese momento necesitaba. Desde mi posición nadie podía verme, nadie sabía que estaba ahí. Con la espalda apoyada en el tronco del árbol, las rodillas dobladas y la barbilla sobre estas, dejé que mis brazos rodearan las piernas y contemplé las ramas del árbol.

El recorrido de cada extremidad del árbol era irregular, cambiaba cada poco tiempo, mostrando en ocasiones un camino lleno de obstáculos, pero que las hojas podían cubrir. La idea de que mis pasos igualarían a las hojas, saltando cada obstáculo que la vida me pusiera por delante me animaba, me hacía sentirme más que capaz de seguir mi destino, de ser por fin libre. Levanté el rostro y observé la luz que se colaba entre cada hoja, mostrando que el día tocaba su fin, que pronto llegaría la noche y con ella las pesadillas de muchos shinobis. Yo no tendría pesadillas, mis traumas habían pasado y la decisión asomaba ahora a mis pensamientos. Aquella noche posiblemente no soñaría siquiera, con la idea fija de prepararme para lo que cada vez tenía más cerca.

Cuando solo quedó en el ambiente la luz de la luna y la presencia de las estrellas, me puse en pie y continué mi camino en dirección al edificio del Tsuchikage, preparada para realizar el entrenamiento. Un solo pensamiento cruzaba los amplios senderos de mi mente en ese momento, mostrándome que debía ser fuerte para lo que el futuro me deparaba. Cuando saliera de la villa tendría que valerme por mí misma, no tendría a nadie superior a mí cubriéndome las espaldas, ofreciéndome lo que necesitaba. Tendría que esforzarme, conseguir lo que necesitara como fuera y poder protegerme sola, sin depender de nadie, eso me permitiría alcanzar la libertad que tanto había ansiado desde pequeña. No tendría que seguir las órdenes de nadie y podría hacer lo que quisiera, sin miedo de los secretos que un kage guardara ante los habitantes de su villa.

Atravesé con calma las calles de la villa oculta de la roca hasta llegar ante la fachada del edificio en que entrenaría aquel día, como tantos otros. El entrenamiento de aquel día sería bastante más complicado que los anteriores que había hecho, pero podría aprender la habilidad que me había propuesto a mí misma a base de esforzarme. Además, aprender aquella habilidad me ayudaría a descargar mi rabia… o al menos parte de ella.

Crucé la entrada del edificio y caminé por los pasillos que llevaban a las salas especiales de entrenamiento, antes de entrar en la que me habían reservado, me hice con varios muñecos de entrenamiento, sabiendo que los destrozaría todos durante el entrenamiento que llevaría a cabo. Los shinobis que se cruzaban conmigo se extrañaban de verme con tantos muñecos de entrenamiento, pero poco me importaba lo que pensaran de mí en ese momento. Me crucé con montones de gennins que se habían examinado poco tiempo antes, así como con jounnins y chunnins, también algún anbu se cruzó en mi camino, pero nadie se atrevió a cuestionar la decisión que me llevaba a utilizar tanto material de entrenamiento. La expresión de mi rostro les avisaba de que en ese momento echarme algo en cara no era lo mejor que podían hacer.

Llegué a la sala en que había un cartel con mi nombre en poco tiempo y pensé que lo más probable sería que a partir del día siguiente mi nombre apareciese en carteles de busca y captura. Entré en la sala y coloqué a los muñecos en fila, uno al lado del otro, cruzando la sala de lado a lado. Después me coloqué en el extremo de la sala contrario a la fila y observé el reto que me había propuesto. Cerré los ojos y me concentré en lo que tenía que hacer, sabiendo que al final del entrenamiento todos y cada uno de los muñecos que había cogido estarían destrozados. Oír los golpes que sufrió mi primera víctima me hizo ser consciente de que el primer ataque ya había llegado a su destino, cuando abrí los ojos el muñeco estaba lleno de agujas de cristal, que se habían clavado en él. Sin embargo, no me pareció suficiente, por lo que otra lluvia de agujas cruzó la sala en dirección a ese mismo muñeco, consiguiendo así que saltara en pedazos. Una sonrisa adornaba mi rostro, pero era consciente de que esa misma sonrisa no habría gustado a nadie que se cruzara en mi camino.

Miré al segundo muñeco y pensé durante un momento qué ataque recibiría, decidiéndome aquella vez por los shurikens, que segundos después cruzaron el aire en su dirección, clavándose en la madera como las garrapatas se adhieren a la piel. En poco tiempo, aquel muñeco estuvo también hecho añicos, con montones de astillas en el lugar en que antes había permanecido. La sonrisa aún adornaba mi rostro, mostrándome a mí misma que en poco tiempo estaría preparada para salir de la villa. Mi propio ser tenía miedo de lo que podía hacer cuando la rabia se apoderaba de mi alma, pero no podía frenar la descarga de rabia que atravesaba la madera de los muñecos en aquel instante en que comenzaba a correr en dirección al tercer muñeco, que pronto cayó al suelo hecho pedazos, después de recibir diversos golpes que, aunque no eran tan fuertes como los que mi amiga podía dar, llevaban consigo corrientes eléctricas que dañaban a la madera. Era consciente de que poco a poco mis ataques eran más efectivos contra los muñecos que había cogido para entrenar, lo que me revelaba que lentamente aprendía la habilidad.

Dirigí mi mirada hacia el cuarto muñeco, que de nuevo sufrió un ataque semejante al del primer y segundo muñeco, de cristal. Las espinas brotaron del suelo en poco tiempo dirigiéndose a él y haciéndole reventar en montones de pedazos, dándome una gran satisfacción. Estaba exhausta después de haber descargado toda la rabia que momentos antes inundaba mi ser, por lo que me senté en el suelo, apoyando la espalda en la pared y cerrando los ojos. La sonrisa que había adornado mi rostro desapareció, dando paso a la calma que después mostraban mis ojos y mi gesto. Por fin estaba decidida, calmada y me consideraba preparada para lo que me esperaba.

Con más calma que antes, recogí los trozos de madera que habían quedado esparcidos por el suelo de la sala tras mi entrenamiento, sabía que había estropeado cuatro muñecos de entrenamiento de la villa, pero eso no tenía demasiada importancia para mí. Cuando el suelo de la sala estuvo vacío, crucé los pasillos del edificio del Tsuchikage y atravesé la entrada, saliendo a las calles de la villa y respirando el aire fresco que la naturaleza me ofrecía. Tras esto, continué mi camino en dirección a la casa, donde me esperaba Yami, dispuesto a comenzar los preparativos para lo que nos esperaba al día siguiente.

_________________
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~SHISHIKA~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~:


Por favor, no me sueltes
Abrázame fuerte, con todo tu corazón
Quiero estar en tus brazos
Juntos, con nuestras frentes rozándose
Nos quedaremos dormidos
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Re: Descargando la rabia

Mensaje por Blank el Miér Jul 25, 2012 12:46 am

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